| ¿ARMAOS UNOS CONTRA OTROS? |
| La Banqueta |
Guatemala Mayo 2009La Iglesia, católica y evangélica, ha fallado en su misión. Por: Alejandro Arroyave Recuerdo muy bien el cierre del discurso contenido en la película Su Excelencia, protagonizada por Mario Moreno “Cantinflas”, en el que él, en su papel de Embajador de un pequeño país ficticio, ante la Asamblea Mundial de Naciones dijo: “Si no fuéramos tan ciegos, tan obcecados, tan orgullosos, si tan sólo rigiéramos nuestras vidas por las sublimes palabras que hace dos mil años dijo aquel humilde carpintero de Galilea, sencillo, descalzo, sin frac ni condecoraciones: “Amaos... amaos los unos a los otros”, pero desgraciadamente ustedes entendieron mal, confundieron los términos, ¿y qué es lo que han hecho?, ¿qué es lo que hacen?: “Armaos los unos contra los otros”. He dicho”. Y es eso exactamente lo que sucede con Guatemala, un país en el que se aprueba una ley para regular la posesión y compra de armas y municiones, y en la misma se deja un enorme agujero que permite a los diputados y funcionarios públicos a que se armen sin límites, facilitando así la futura creación de pequeñas fuerzas armadas y tráfico de armas bajo la ley; un país en el que la práctica del amor al prójimo y otros valores espirituales, tan necesarios para afrontar tiempos insufribles como estos, brillan por su ausencia. Entonces cabe preguntarse ¿en dónde está la iglesia?, ¿cuál es su incidencia en la realidad de las familias guatemaltecas?, ¿en dónde están las enseñanzas? Si de acuerdo a la Conferencia Episcopal de Guatemala el 60% de la población es católica, y de acuerdo a la Alianza Evangélica de Guatemala el 40% de los guatemaltecos es protestante, entonces, ¿quién está matando al prójimo? La Iglesia, como institución, también tiene una deuda con la sociedad a la cual se debe. En Guatemala hablan del crecimiento de las organizaciones, de la abundancia de las congregaciones, del crecimiento espiritual de los creyentes, pero nuestros índices en seguridad, economía y desarrollo, continúan a la deriva. Y el amor al prójimo queda sepultado bajo el rentable discurso del “ministerio de la prosperidad”. De qué sirve la influencia de la iglesia católica si su poder social y organizativo no gana la partida a la violencia intrafamiliar que cobra más víctimas cada año; de qué sirven los más de 25 mil templos evangélicos que existen en el país si las maras son más eficientes “pescadores de hombres” y cada vez reclutan más niños y niñas. La iglesia, católica y evangélica, es la responsable de proveer el alimento moral y espiritual que permitiría a las familias guatemaltecas afrontar para bien situaciones adversas, ser luz en medio de las tinieblas. Sin embargo, la realidad es otra, por mucho que se les ha fortalecido, que se les ha respaldado para fundar mega templos, colegios, universidades y cadenas radiales, lo que ha devuelto a la sociedad no es suficiente. En la presentación del Acuerdo para el Avance en Seguridad y Justicia que recientemente realizó el gobierno, a la iglesia católica y evangélica se les constituyó como garantes que supervisarán el cumplimiento del mismo. En declaraciones a la prensa nacional, Carlos “Cash” Luna, líder religioso que asistió al evento, afirmó que la iglesia “no debe adquirir una posición de crítica, sino más bien bendecir a las autoridades, tener paciencia y esperar que hagan un buen trabajo”. Ante estas palabras yo me pregunto, ¿y el trabajo de la iglesia quién lo supervisa?, ¿cómo se miden los resultados de esas organizaciones que han contado por años con la paciencia y el aporte económico de nuestra sociedad?... si sus resultados se miden por los frutos espirituales, en Guatemala la iglesia ha fracasado. Si el objetivo de la iglesia es impulsar el evangelio cuyo principal mandamiento es “Sobre todo, ámense unos a otros” (1ra Pedro 4:8), entonces ha fallado en su misión. Así que he aquí una alarma a las iglesias, una especie de “yuju”, como diría “Cash”, a los líderes espirituales en el país, ¡abran los ojos! las fuerzas del mal están ganándole terreno al amor. P.D.: Las iglesias no son las únicas responsables del vacío espiritual en el que vivimos. La promoción del amor comienza desde el hogar, entre familia, de padres a hijos.
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