| COMPARTIENDO EL FONDUE |
| Gastro Sex & Sound |
Edy BolNo se cuántas veces habré quedado con la boca abierta al ver pasar una chica por la calle. Lo que sí tengo presente, es que puedo contar con una mano las ocasiones en que he logrado inventar una excusa para acercármeles antes de que su silueta desaparezca al doblar la esquina o cruzar la calle. Algo así fue el caso con Mariana, una mujer ardiente de pelo castaño y piel bronceada, que me cayó de la nada. Ese día, andando a pie por la zona 10, me sucedió algo inexplicable. Estaba yo parado, fumando un cigarrillo en la calle, cuando sentí una mano tocar mi hombro. Cerré los ojos, esperaba ver una pistola, cuchillo o granada amenazándome, di la vuelta, y en lugar de un asaltante sanguinario me apuntaban dos enormes ojos avellanados detrás de unos estilizados lentes de leer. Mientras me preguntaba por el Restaurante Fondue, se movía nerviosa en el estilo inconfundible de alguien que tiene prisa o ganas de ir al baño. Voy tarde a una reunión, ─ explicó ─ y nadie me ha podido decir dónde queda la bendita Casa del Fondue. Como yo, muy convenientemente, soy pésimo con los números de calles y avenidas, le dije que no sabría decirle, pero que con mucho gusto la acompañaba mientras terminaba mi cigarrillo. Ella accedió con un poco de temor y se aseguró de seguirme a una distancia prudente, mientras yo le preguntaba acerca de su vida y me salivaba con el escote ejecutivo de su traje, ella contestaba distraída y espantaba el humo de mi cigarrillo con cierto desdén. En ese momento, una canción popular hace que ella saque su teléfono del bolso, sin disminuir la marcha, sin embargo, mientras platica empieza lentamente a detenerse, hasta que llega a un alto completo. Ok mañana a las cuatro ─ dice al teléfono y cuelga con cara de alivio. Después de eso parecía otra persona, agradeció mi ayuda sonriente y estaba a punto de dar la vuelta, cuando yo le propuse que entráramos al restaurante. Argumenté que era hora de almuerzo y que ya casi estábamos allí. Ella dudó un momento, y me preguntó mi nombre. Edy ─ le dije en un tono confianzudo ─ Mariana. ─ contestó, y empezó a andar de nuevo. Esta vez la distancia entre nosotros disminuyó, y para cuando entramos a la Casa del Fondue, casi parecíamos una pareja, y no los dos desconocidos de algunas cuadras atrás. El almuerzo estuvo increíble, compartimos fondues de camarón y de queso. Siempre he visto algo erótico en el fondue, no sé si será la remojadita o lo caliente, pero aparentemente propicia un ambiente romántico. La tarde vino entre cervezas y vino blanco, en un ambiente acogedor e íntimo, ella me contó de la reunión fallida con su jefe y yo de cómo odiaba tener que salir a fumar. Cuando calculé que no sería rechazado tan fácilmente, le propuse regresar a mi departamento, utilizando una línea que aprendí de una mujer mayor con la que salí un par de veces. Sabía que estaba extralimitando mi suerte, pero como dice el dicho: “el que no chilla no mama”. Y para mi sorpresa accedió, no sin antes preguntarme mi apellido. Bol. ─ le dije en un tono seductor. ─ Edy Bol.─Y ella rió con picardía. Mariana se despidió con un beso a media madrugada, mientras yo estaba en el séptimo sueño; desde entonces me sorprendo saliendo a fumar a la calle, de vez en cuando, aun que me caiga tan mal; no vaya ser que ande otra chica perdida por allí buscando un restaurante.
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