| RECETA PARA UN TRÍO |
| Gastro Sex & Sound |
Guatemala, agosto 2009Edy Bol Eso del trío, o threesome como le llaman algunas personas a manera de eufemismo como para suavizar un término que les incomoda; es tan fuerte, complicado, efímero y eventual, que poco se puede hacer para planificarlo. Sin embargo, de una experiencia reciente puedo compartir con ustedes queridos lectores y lectoras, los ingredientes que se hicieron presentes para darme una rica noche de pluralidad. Antes de proseguir quiero hacer la clara advertencia o invitación, que en este relato seré mucho más explícito de lo que suelo ser (menores, si los hay, favor de cambiar de página), pues cuento con la aprobación de quienes participamos en el acto, para describirlo con el detalle que la experiencia merece. Bien, así es como comenzó todo. Alma, una amiga española que no veía desde hace poco menos de cuatro años, pues había dejado el país para acudir a una oportunidad de trabajo, me escribió un correo electrónico en un miércoles cualquiera. En el mensaje me contaba que hace un mes había regresado a Guatemala, que vino a realizar una consultoría y que había tomado un apartamento en la zona 15. Me explicó que se había topado con unas amistades mutuas que le habían informado que me fui a vivir a orillas del lago Atitlán. Cerraba el mensaje invitándome a que fuera por ella a la capital el jueves siguiente, y que ella se regresaría conmigo el viernes para pasar el fin de semana juntos en Ati. Después de confirmarle al número de teléfono que me envió, me acosté a casi no dormir por aquel entusiasmo que suele tener un niño antes de su cumpleaños. El jueves desperté muy temprano, salté fuera de la cama, arreglé mis cosas, arreglé la casa, me arreglé yo, me subí al auto y empecé el viaje de 2 horas, vía Patzún. Después de una larga e infernal espera en Chimaltenango, por la cola que suele formarse ahí, logré entrar a la ciudad. La llamé al número que cuidadosamente anoté en un papelito, pero no contestó. A los 15 minutos volví a llamar, pero nada. Cabizbajo, me fui a pasar las horas a varios bares de la zona viva, hasta que cayó la noche y decidí volver a llamar. Ahora sí me contestó, se escuchaba más gente con ella en gran algarabía. Le dije, un tanto molesto, que si prefería dejábamos nuestro encuentro para otra noche, a lo que me contestó: “¿otra noche?, no te pongas malo, si estamos esperando por ti”. En cuestión de minutos ya estaba tocando el timbre de su apartamento. Abrió la puerta e inmediatamente se me colgó del cuello y me bañó en besos, de esos que te hacen sentir bienvenido y confiado. En la sala se encontraban dos mujeres orientales, una verdaderamente deslumbrante, digna de ocupar la fantasía de la chica asiática que a todos se nos ha antojado alguna vez, y la otra, igualmente atractiva pero con una belleza tal vez menos convencional, menos curvilínea, menos sonriente, y con cierto aire de misterio. Estaban acompañadas por un muchacho joven, también oriental, de muy buena estampa. Alma me los presentó y me comentó que eran unos amigos coreanos que viajaron con ella y que partirían mañana, pero que hoy tenían planeado salir a divertirse a algún club de la ciudad. Alma se había ofrecido a que junto a mí, seríamos sus anfitriones para esta noche. Sin tiempo para contradecirla, me llevó por un breve recorrido por su apartamento hasta que llegamos a su dormitorio, cerró la puerta y me dijo: “Querido, te conozco muy bien, y sé lo que has venido pensando, pero no te desanimes. Ayúdame a que la pasen bien, nos regresamos temprano y nos ocupamos de lo nuestro”. Yo accedí sin chistar. Las chicas se retiraron a cambiar, y después de media hora, salieron vestidas para ir de fiesta, con esos trapos que lo dejan a uno medio estúpido por unos minutos. Entonces pude notar, que los tres coreanos eran notablemente más jóvenes que Alma y yo, pero estábamos dispuestos a aceptar el reto de darles un buen rato, y regresar con suficientes fuerzas para nuestra propia faena pendiente. En el carro discutíamos a dónde ir, cuando Alma gritó hacia el asiento trasero: “¡Vamos a bailar reguetón!, ¿les parece chicos?”. A mí me pareció extraño porque sabía que a ella no le gustaba esa música, y ella, que a mí tampoco. Pero igual, nos estacionamos en la zona 10 y caminamos algunas cuadras hasta que encontramos un lugar que atrajo a las chicas. No recuerdo el nombre, pero está en un segundo nivel en esa cuadra en donde los adolescentes suelen juntarse a escuchar música electrónica. El chún, ka-chún, ka chún, sonaba grave y fuerte, y como si se tratara de una serpiente, se fue metiendo dentro de las caderas de nuestras amiguitas coreanas que empezaron a bailar con su compañero. Mientras nos sentamos en la barra y pedimos dos cervezas, contemplábamos los movimientos de cadera de las dos asiáticas, bailando una pegada a la otra, yendo de abajo a arriba y de arriba abajo, frotando sus nalgas con la pelvis del muchacho. “Ves, a las chinitas les excita bailar reguetón”, me dijo como aclarándome una duda. “¿Y a las españolas?”, le pregunté sin darme cuenta que había dado un paso en falso pues ahora tendría que bailar. Alma me dijo “pues ahora vemos, ¿no?”, me tomó del brazo y nos unimos a los jóvenes al centro del lugar. Alma bajaba y subía mientras movía su culo pegadita a mí. Yo mientras tanto, me movía poco mientras la tomaba de las caderas. Estaba un poco quieto en parte porque eso del reguetón no se me da mucho, y en parte porque ya escondía una evidente protuberancia en mis pantalones. Alma lo sintió y se dio la vuelta, siempre cubriéndome, para frotarse toda conmigo e intercambiar una buena dosis de labios, lengua y saliva. Después de varias cervezas y de unas buenas horas de sudor, Alma y yo decidimos llevar lo nuestro al siguiente nivel en la intimidad de su apartamento. Sin embargo, cuando les indicábamos que tomaran un taxi pues nosotros ya nos íbamos, y aunque aún era temprano (tipo 11 p.m.), los chicos prefirieron regresarse con nosotros. Ya en el carro, en el camino de regreso a la zona 15, todos veníamos encendidos, mientras yo iba acariciándole el muslo a Alma, bajando lo más lejos que podía, en la parte posterior del carro una de las asiáticas estaba agarrándose al chico con una euforia tal que hacía a la chica restante sentirse un poco incómoda. Ni bien entramos al apartamento y la pareja coreana se fue casi corriendo a una habitación. Yo pensaba hacer lo mismo con Alma pero la amiga sin pareja se fue sola a sentar a la sala, aparentemente ella dormía también en ese cuarto ahora ocupado. Indiferente, me disponía a escabullirme al dormitorio principal, cuando Alma dijo dirigiéndose a la misteriosa coreana y a mí: “chicos, yo tengo hambre, ¿pedimos algo?”. Yo sabía que lo había hecho porque no quería abandonar a la patoja a su soledad. Pedimos al servicio after hours de Sushi Itto, un plato de rolls variados y camarones tempura. Mientras esperábamos a que llegara el pedido, Alma abrió una botella de vino, cavernet-sauvignon, denominación de origen: Catalunya, decía la etiqueta. Pues bien, sentados en la sala platicamos un buen rato, la coreanita misteriosa estaba ya más sonriente y relajada. Yo puse algo de música para disfrazar un poco los gemidos y demás sonidos que salían del cuarto que sí estaba felizmente ocupado. Llegó por fin la comida, y pues dado los ánimos, Alma decidió abrir otra botella, ahora de vino blanco para acompañar mejor el sushi. Comimos, bebimos y hablamos un buen rato de la pareja en el cuarto, cuyo ruido volvió a oírse y ahora más fuerte. Entendí de alguna forma que ellas eran amigas, que el chico había estado primero con la coreanita misteriosa, y meses después con la otra. Lo que más le incomodaba a nuestra amiga era que durante el viaje que habían hecho juntas, ellos se la pasaban cogiendo y a ella le había costado mucho conseguir uno que otro compañero de cama. Habían compartido cuartos de hotel y casi siempre a ella le tocaba irse a dar una vuelta. Ya con las energías repuestas, copa en mano, la coreana se levantó y cambió de estación hasta encontrar lo suyo: el reguetón… nuevamente. Las chicas se quitaron los tacones y empezaron a bailar frente a mí, mientras yo admiraba sus piernas, pies desnudos, y un sugerente anillo que Alma portaba en el pie derecho. Alma me levantó de mi cómoda posición en el sofá para que me uniera a ellas. La idea me convenció de inmediato. Por momentos era el culo de Alma el que tenía en frente, por otros el de la coreanita, firme y redondo. Empezaron a pegarse cada vez más a mí, hasta el punto que mientras desde la derecha Alma me besaba y ponía mi mano en sus nalgas, desde la izquierda la coreana se contoneaba y frotaba las suyas contra mi cadera. Era una situación muy intensa que no podía durar mucho tiempo sin explotar, ya sea en arrepentimiento o en una decidida invitación a la cama. El momento se rompió cuando el muchacho coreano salió de la habitación en boxers hacia la cocina para traer algo de beber después de sendos rounds. Cuando nuestra amiguita lo vio salir, noté un arrebato que la llevó abrazar a Alma. La besó en el hombro y le susurró algo al oído. Alma sonrió con picardía y sólo me dijo: “¿vamos sí?”, mientras las dos, zapatos y copa en mano, se dirigieron al cuarto de Alma. Yo tomé la botella y las seguí. Una vez dentro de la acogedora habitación, Alma empezó a desvestirme, no hubo palabra de por medio, un aviso, nada. Todo estaba claro, si estábamos los tres adentro era para eso. La puerta estaba ahí pero nadie quería usarla. Mientras Alma me abría el pantalón, la coreanita, que ya se encontraba sólo en blusa y una tanga minúscula, se recostaba a la orilla de la cama mirándonos. Alma se arrodilló y me puso en su boca. Yo, simplemente, no podía recordar un momento más “duro” en mi vida. Después de unos buenos minutos de sexo oral profundo, Alma se levantó y me tendió en la cama, la coreanita me tomó con su mano y me ahogó en su boca, mientras que Alma le quitaba la tanga para darle placer también a ella. Ellas parecían perfectamente cómodas con el esquema, dando la impresión de que no era la primera vez que estaban juntas. Cuando nos cansamos de esa alineación, Alma se puso de pie, fue al tocador y regresó con un condón. Me lo puso entonces, y mientras besaba los pequeños pechos de la coreanita, la acomodó sobre mí. Mientras esta se meneaba, Alma se puso frente a ella de manera que podía besar sus pechos al tiempo que yo hundía mi cabeza entre sus piernas. Me la comí con toda el hambre del mundo. Repentinamente todos empezamos a acelerar el ritmo, y yo introduje mis dedos en Alma, hasta que finalmente alcanzó un orgasmo prolongado. Sentir aquel delicioso olor tan intenso entre las piernas de Alma, sentir como la joven coreana me cabalgaba en pleno frenesí, y escuchar los gemidos de ambas, me llevaron a no poder contenerme y exploté también. La bella coreana - ahora la veía más mujer que patojita -, me desmontó y se acostó a la par de Alma, quien en una afán de justicia decidió ocuparse de ella hasta que alcanzó ese punto de placer que nosotros ya habíamos disfrutado. Permanecimos unos quince minutos tendidos en la cama, disfrutando la sensación post orgasmo y compartiendo risitas de complicidad. Finalmente, nuestra amiga se levantó, tomó su ropa y se fue a dormir a su habitación, no sin antes darnos un besito de buenas noches, agradeciendo toda la atención brindada. Así fue pues como llegamos a ese punto, y es este el listado de ingredientes que pudimos recordar junto con Alma, con el fin de ofrecerles una receta efectiva para armar un trío: Ingredientes: 1 amiga europea (en España, por ejemplo, el tema de la sexualidad es mucho más abierto) 1 pareja fogosa que encienda el ánimo (de preferencia que ya vayan a salir del país y tengan la urgencia de apagar sus calores) 1 joven chica con algunos días de frustración sexual (si es asiática mejor para todos) 1 botella de vino tinto 1 botella de vino blanco 1 bandeja de sushi 30 canciones de reguetón (no subestime el poder afrodisíaco de ese valiosísimo género) Preparación: Mezcla la amiga europea con la pareja fogosa y la chica frustrada, y agregue reguetón. Luego de un buen calentamiento, separe los ingredientes, la pareja a un ambiente y la amiga, la chica frustrada y usted, en otro. Acompañe con sushi (o algo ligero de comer) y agregue botellas de vino, una tras otra. Vuelva a agregar reguetón y pizcas de roces, besos y caricias al gusto, revuelva y… sírvase. Puede que sea un poco difícil conseguir todo los ingredientes, por lo que les aconsejo que no los busquen, ellos vendrán solos. Pero estén atentos para no perder la oportunidad, porque les aseguro, que cuando todos los factores se alinean, la receta no puede fallar. ¡Ánimo!
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Guatemala, agosto 2009







