| MARTA Y EL ÁRBOL DE LA VIDA |
| Gastro Sex & Sound |
Guatemala, Septiembre 2009Edy Bol Cuando pienso en Marta recuerdo mi tiempo de universidad. Ella era la compañera de clase a la que le copiaba en los exámenes, y cuando me descubría, tapaba su hoja en un modo pudoroso, como si fuera su calzón. Más de una vez paramos en el mismo grupo de estudio, donde me demostraba la misma desconfianza sólo porque yo no era, ni nunca he sido, tan aplicado como ella. Siendo optimista, nuestra relación contenía una tensión sexual irresuelta; siendo un poco más realista, ella siempre supo que yo era mala influencia. Pero nuestras amistades en común no le dieron opción y poco a poco compartimos más, aunque nunca llegamos a intimar. Las últimas veces que la vi andaba de la mano de un seudo intelectual que ya acumulaba varios títulos, y después de la universidad no volvimos a saber el uno del otro.
Hasta ahora, cuando Facebook, esa bola de cristal tecnológica, cuya versatilidad es únicamente superada por mi ignorancia de los secretos que guarda, me notificó que había aparecido una foto mía en el perfil de alguien más. Me pareció muy interesante y después de trastear el programa, apareció en la pantalla: para mi sorpresa allí estaba yo, sentado con Marta en una mesa de estudio hace tanto tiempo que me sentí muy adulto, por no decir más. Pero los años no pasan en vano y de inmediato comprendí que si esta mujer andaba poniendo fotos mías era porque, lo muy menos, le generaba cierta nostalgia. Logré mandarle algunos mensajes cortos con el simple objetivo de conseguir su teléfono, media vez lo obtuve, me pasé a métodos más convencionales y la llamé. Al principio su voz sonaba con la desconfianza de antes, pero con el tiempo he desarrollado un trato distinto al que tenía entonces y en un rato ya se le oía más relajada. Ella me contó del ejercicio profesional, del tiempo que vivió en Canadá, del matrimonio fallido de su hermana − que estaba de lo más antojable −, y de los amigos con los que nos manteníamos en contacto. Se le oía distinta, un poco desajustada a decir verdad, yo lo atribuí a su tiempo en el extranjero. Quedamos de salir, con las nobles intenciones de platicar y ponernos al día. Quedamos así y a los días, cuando a mí se me había olvidado, ella me llama invitándome a un restaurante de comida vegetariana llamado El Árbol de la Vida, que está en la 17 Calle A, 19-60 de la Zona 10, no me entusiasmó mucho la idea porque sencillamente me encanta la carne, y por lo mismo, no pude faltar. A la noche siguiente, Marta me esperaba en la entrada con un trapo de colores amarrado a la cintura, que daba un aspecto de ser hindú. Me costó un poco reconocerla porque había cambiado tanto, con su pelo castaño suelto, una blusa de algodón sin mangas que dejaba anticipar las curvas que apenas ocultaba y sobretodo, una actitud completamente distinta. Su sonrisa me dejó tan idiota, que cuando me extendió la mano, yo me abalancé encima de ella con un beso a la mejilla. Ella se sonrojó, pero no se detuvo al contarme emocionada de cómo no comer carne le había cambiado la vida. Mientras entrábamos al lugar entre una densa vegetación, me di cuenta que no mentía, se veía tan bien que por un momento casi le arranco el trapo que traía de falda. Pasamos por un estanque de lo más alucinante donde nadaba una tortuga y nos sentamos a pedir el menú, yo tuve miedo de abrirlo porque traía hambre e imaginaba un plato de concentrado de conejo. Pero me llevé una buena sorpresa cuando me trajeron una lasaña de espinacas y sopa de hongos, que me dejaron tranquilo, aunque el montículo de hierbas que pidió mi amiga no me pareció tan convincente. Terminamos de comer y Marta me tenía completamente cautivado con lo exótico de todo lo que me rodeaba, empezando con su cara sin maquillar, con la excepción de una delicada línea azul que delineaba sus ojos verdes. Le pregunté si los vegetarianos toman cerveza. − ¿Acaso está hecha de carne?− Contestó con una sonrisa burlona. Yo me sentí un poco tonto y pedí dos cervezas sin más miramiento. Solo puedo decir, que aparentemente a los vegetarianos les encanta la cerveza tanto como a mí. Cuando íbamos por la quinta, se me soltó la lengua y empecé a contarle de mis aventuras en la universidad, incluso las que habían protagonizado algunas de sus amigas. Ella reía sin sorprenderse, hasta que me interrumpió diciendo: Hay cosas de la universidad que lamento haberme perdido.- Una sonrisa insinuante que conozco muy bien iluminó su cara. Cuando manejaba de regreso a casa, mientras las luces iluminaban huellas de manos y pies en los vidrios polarizados de mi carro, el déjà vu que experimenté me traía la sensación de que, al igual que Marta, había recuperado algo que nunca había tenido; por muy poco sentido aparente que eso tenga. No pude evitar preguntarme: ¿qué le pondrán a las ensaladas del Árbol de la Vida? P.D.: Dado que la anterior edición de Gastrosex, en donde les receté un trío a mis lectores, generó muchas respuestas, ahora los invito a que envíen sus propios relatos gastro eróticos a Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla . Los estaré publicando en este espacio.
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Guatemala, Septiembre 2009







