| SONSONATEANDO ANDO |
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Por Eddy Bol Las salvadoreñas se caracterizan por ser picantes y desinhibidas, alguna vez en el famoso Bar Jalalajarra en San Salvador, me topé a una chera preciosa que me sonreía mientras bailaba con un amigo que por poco y me duplicaba en tamaño, sin embargo y como ya es costumbre mía, me aseguré de sacarle por lo menos el correo electrónico anotado en una servilleta. Desde entonces, nos coqueteamos por internet de vez en cuando. Verónica , mi amiguita salvadoreña del internet, me saltó a la mente hace dos semanas cuando un viaje sorpresivo me llevó a San Salvador nuevamente, me conecté un par de días seguidos hasta que me la topé y le vendí la idea de llegarla a visitar, según yo, estaba a la vuelta de la esquina. Resulta que Verónica me esperaba en Sonsonate al día siguiente, un pueblo pintoresco, que a grandes rasgos, posee ese carisma centroamericano que es muy nuestro. Llegué buscando un lugar dónde desayunar y, sin tener muchas opciones, entré a un comedor amplio que se especializaba en, ¿adivinen qué?, pupusas, por supuesto. No sabía que se podía desayunar pupusas, las sirvieron con un huevo encima acompañadas de curtido picante y salsa casera de tomate. El tenedor se hundía en el plato y cada bocado salía con una estela de queso derretido con chicharrón. Toda una experiencia culinaria, parecía una escena de aquellos programas del Travel Channel. Ya bien comido, me dirigí a una placita a tomar una cerveza y esperar que mi amiga saliera del trabajo en lo que bien pudiera ser el único banco grande del pueblo. Salió con una faldita azul marino, medias y corbata, la saludé efusivamente y con un gesto de mi mano le pregunté: ¿Adónde vamos? Mientras saboreaba mi conquista anticipadamente. Vamos con mi novio. Contestó con la misma actitud encantadora con la que me apachó el ojo cuando salió del banco. Casi me da un ataque, pero conservé la calma y la acompañé por las callecitas del pueblo hacia la casa de su novio, casi resignado. Llegamos a una casa en la punta de una subida, desde donde se escuchaba música reggae a lo lejos, abrió la puerta un tipo grande que aunque no recordaba, asumí era su acompañante la noche en que la conocí – ¿por qué no le pregunté si tenía novio pues?- . Me presentó a Raúl, que me dio la mano con simpatía, me invitó a pasar y desenfundó una Pilsener destapada y heladísima. Ya con las cervecitas, Raúl resultó ser buena persona, y quizás para que no les hiciera mal tercio, le sugirió a la Vero que invitara a su amiga Dulce del banco. Fuimos a un bar cerca del parque y dos cervezas después, entró la amiga, yo me levanté a saludar disimulando mi alegría, no sólo me había salvado como gato panza arriba, sino que Dulce no estaba nada mal: estatura mediana, piernas torneadas, pelo castaño y boquita seductora. De inmediato se sentó conmigo en el sofá del bar y pasamos unas horas loquísimas con los cheros; Dulce me pasaba los tragos y robaba sorbos de mis cigarrillos, dejando sus labios marcados en la boquilla. Raúl y Verónica se distraían por momentos y yo aprovechaba para ganarme a la Dulce platicándole, haciéndola reír y midiendo sus reacciones. Allá por la media noche fui calculando que tenía luz verde. Entonces, cuando mis anfitriones se levantaron a bailar, me deslicé por el sofá y dejando a un lado la timidez de viajero en tierra extraña, le planté un beso arrebatado. Así de valiente lo ponen a uno el calor, las pilsener y las cheritas en tacones abiertos. La velada terminó y yo trataba de ir con la corriente, entre el “ya nos vamos” y el “gracias por todo”, Verónica regresó al baño y creo que Raúl se hizo el loco. ¿Te vienes conmigo? Le susurré a Dulce al oído, sin importarme el recato porque sabía que no la volvería a ver. Ella ignoró mi propuesta haciéndose la desentendida, pero cuando me despedí de Verónica y Raúl, ella se despidió también y terminó acompañándome al hostalito donde yo había dejado mis cosas esa mañana. Dulce resultó ser verdaderamente dulce, se desvistió en el baño y me hizo apagar la luz, luego entró corriendo a la cama, cayendo su cuerpo desnudo sobre el mío, intercambiamos besos tímidos por un rato haciendo durar el momento; hasta que la pasión pudo más, la cargué con una mano rodeando su cintura y la extendí sobre la cama… por poco despertamos a los demás huéspedes con los rechinidos de aquella cama dura, pero de resistencia comprobada. Suena fácil, pero créanme que esta faena requiere mucho, pero mucho esfuerzo. ¡Salud por Sonsonate!
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Guatemala, Julio de 2010







