Inicio Gastro Sex & Sound LOS FAMOSOS SHUCOS Domingo, 05 Febrero 2012
PUBLICACIÓN MENSUAL
LOS FAMOSOS SHUCOS
Gastro Sex & Sound
Guatemala, Agosto del 2010
 
De shuquitos y shuquitas
 
Sin lugar a dudas, la crisis económica nos ha afectado a todos, aunque a mí tardó en pegarme ahora sé que los ciclos económicos son muy parecidos al clima en el sentido que nadie se salva de sus efectos. Llegué a esa conclusión durante mi última aventura gastronómica, la cual relataré a continuación, pero en ese momento, viéndome gozar con una de las comidas favoritas de mi juventud, no pude evitar recordar aquellos días no tan lejanos en que les compartía de mis escapadas a Miami, comilonas, conciertos y triatlones de lujuria. Pero bueno, como el perico donde quiera es verde y la que es vuelve… dejé a un lado esa nostalgia con la certeza de que pronto retomaré esos caminos. Así que me sumergí de lleno en mi comida y opté por evocar otros recuerdos de más fácil reproducción en momentos de austeridad, como el chompipito en bicicleta, 69, jugando jax, pollito asado, pasión de monos y el paso del  incapaz, entre muchas otras que ni nombre tienen todavía. 
 
Durante mi primera juventud solía ir al Liceo Guatemala por unos buenos shucos, que son un deleite gastronómico que cuenta con el plus de ser más sabrosos que baratos. Antes uno llegaba y se encontraba con el famoso puesto Del Chino y uno que otro imitador. Hoy en día los negocios de estos panitos han acaparado varias cuadras a la redonda, cuentan con nombres que van desde el copión “del Liceo” –porque originalmente era sólo uno- hasta anglicismos y todo tipo de denominaciones curiosas. Una de las cosas que me gustan de ir al Liceo es que me encuentro con shuqueros orgullosos, porque a mí me caen mal los que se niegan a sí mismos. ¿Que cómo así?: a quién no le ha pasado que le pide un shuquito al señor de la carreta y éste los corrige en tono paternal o hasta enojón: “Se dice panito, jefe.”
 
Pues bien, decía que me encanta degustar de un buen shuquito de vez en cuando, mis favoritos son los de Q25, cuyo nombre se me escapa en este momento, vienen en un pan enorme que el shuquero parte en dos para hacerlo manipulable, dentro traen toda la gama de embutidos que se les pueda ocurrir: salchicha, chorizo, longaniza y salami – lo cual, por alguna razón muy chapina suena indecente- , además de tocino, aguacate, cebolla y… no se hagan que ya saben lo demás.
 
Y ya que me metí a discutir esos ámbitos de  gustos e idiosincrasia chapina, no puedo dejar de omitir a las famosas shuquitas. Lo que en realidad me parece una denominación despectiva y machista para mujeres que no cometen más pecado que proporcionar libremente su amistad y calor a cualquiera que tenga la gracia de pretenderlas por unos momentos. Recuerdo que una buena amiga de corte feminista siempre se quejaba diciendo: “cuando oigo hablar de las shuquitas a mí me da risa, porque si a eso vamos, todos los hombres son shuquitos.”  Y es cierto, con el tiempo me da más risa y no puedo evitar reflexionar sobre cuántas personas, hombres y mujeres,  han escalado los peldaños del gobierno y la sociedad guatemalteca a base de esa misma disposición promiscua, como es el caso de los llamados braguetazos. 
 
Entonces, reflexionaba yo en torno a todo eso cuando una patoja, que no pudo haber pasado los 25 años, llegó por su porción de embutidos que, se notaba, le encantaban. Llevaba un traje de oficina con pantalón negro en el que destacaba un trasero sumamente apetecible, pelo negro, piel morena y para qué ocultarlo: cara de aventada. Desde que la vi venir, ella no ocultó su mirada y mientras yo estaba sentado, degustando ya de esa delicia autóctona, lanzaba el pelo sobre su hombro y me miraba de reojo. Sus senos insinuantes separaban la camisa de botones y pude robar un sneak preview  del premio que me podía ganar si hacía valer mi derecho de petición. Como ya les venía contando, pasaron en mi mente ese catálogo de poses buscando la más acertada para su disposición y tipo de cuerpo. Sonreí, armas al hombro, definitivamente. Antes de repasar mis mapas mentales para encontrar la ruta más cercana a una cama, terminé mi almuerzo y mientras pagaba al señor le guiñé el ojo a la patojona, como quien dice: “Tal vez otro día.” Esta vez, todo quedó en fantasía. 
  

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