| MEMORIA O RABIA HISTÓRICA |
| DANILO ROCA OPINA |
Guatemala, Septiembre 2009DANILO ROCA OPINA Mi memoria personal en una familia llena de política y políticos se inicia siendo un niño. “Sarita hay bulla” era una frase que me llenaba de incertidumbre, casi el mismo miedo que provocaba en mi mamá. “Bulla” era un equivalente a lo que ahora significaría un intento de golpe de estado. Bernabé Linares, era el jefe de la policía secreta del gobierno. Un nombre que a los opositores del régimen causaba escalofríos. Sabíamos que a partir de ese momento era cuestión de tiempo que llegaran a capturar a mi papá a su bufete de abogado y con él a otros colegas, en las listas “del Comité de Defensa contra el comunismo” que dirigía don Carlos Lemus Gallardo, un taxisteco que odiaba al presidente Arévalo y todo lo que oliera a revolucionario. Mi madre, taxisteca y prima del ilustre exiliado, ya había recibido su cuota de represalia. Directora de la escuela Cristóbal Colón la habían separado del magisterio nacional, que era casi como quitarle la vida, y con bola negra nacional y sin tarjeta del famoso comité que prácticamente sustituyó a la cédula de vecindad, donde se acreditara su anticomunismo, no tenía ninguna oportunidad de trabajar en la docencia oficial, en donde había alcanzado la clase “F” la última que acreditaba el escalafón magisterial. El licenciado Raúl Roca, Salvador Chicas Carrillo, y otros dos o tres que lamentablemente se me olvidan, eran huéspedes obligados de la “judicial” un chiquero de madera ubicado en la parte de atrás del palacio de la policía hoy convertido en Ministerio de Gobernación que, cuando me tocó mi turno, recuerdo que olía a una mezcla asquerosa de mugre, madera vieja y creolina. Mi papá murió a los cuarenta y ocho años, hecho un anciano. Bravucón, hidalgo y orgulloso no podía ocultar las lesiones de los golpes y torturas de la prisión, y la situación económica en que su muerte nos dejaba después de diez años de estar sitiado frente a su clientela que lo obligó a hipotecar todas sus propiedades y dejarnos a su muerte sin más herencia que su dignidad. Mi madre presionada por la necesidad de mantener a sus hijos, sin perder estilo y esa prestancia que hasta este momento, en que lo cuento, evitó que nuestra precariedad fuera estímulo en la gula de los enemigos y nuestro entorno, nunca supieron realmente de nuestra situación. Raúl, Amilcar y yo disfrazamos en la alegría de nuestra niñéz aquella tragedia que no evitó se hicieran médico uno, ingeniero el otro, y yo: político y abogado. Mi turno no tardaría mucho tiempo en llegar. Al perder el Partido Revolucionario con la candidatura de Mario Fuentes Pieruccini, padre del inquieto jurista Fuentes Destarac. Arana encontró en éste secretario general de la Juventud Revolucionaria, el chivo expiatorio, me detuvo y cuando me dieron libre me secuestraron oficialmente por medidas de seguridad. Vinicio Cerezo y yo, nos conocimos en bandos opuestos, él Demócrata Cristiano y yo del Partido Revolucionario. Fuimos compañeros en la Universidad de Loyola en Nueva Orleans. Con el tiempo la euforia de las diferencias me llevó a conspirar en contra de su gobierno. La madurez, experiencia y amor por Guatemala, hizo que retomáramos después una amistad que nunca debió de ponerse en riesgo. No me mandó a matar y se lo agradezco - ya que hemos conversado que se lo propusieron esas mentes calenturientas que pueden matar con una pequeña insinuación del mandatario, y después lo matan a él si se los pide el que tiene el turno de mandar - . No me guardó rencor y yo lo tengo entre mis mejores, admirados y más queridos amigos.
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Guatemala, Septiembre 2009







