| MEMORIA O RABIA HISTÓRICA II |
| DANILO ROCA OPINA |
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Danilo Roca Pretendí en la primera parte de este artículo señalar cómo la memoria histórica de los guatemaltecos, no puede transformarse en un bien colectivo, objeto de tráfico o valoraciones sectarias que la transforman en moneda de cambio en el mundo de lo político. Mi memoria es mía, es el resultado de mi tránsito por el mundo marcada fundamentalmente por ese factor excepcional, casi divino, el libre albedrío, que me permite discernir y asumir las consecuencias de mis actos conscientes. Por eso entendí profundamente la máxima de mi padre al exigirnos no heredar sus enemigos y tener la delicadeza de hacer los propios, según su concepción de la responsabilidad personal y sus lógicas consecuencias. En la vida, pero sobre todo en la política, todo lo que se hace trae consecuencias, unas buenas otras malas, y nadie puede alegar ignorancia cuando se enfrenta a ellas. Por eso entendí la persecución de Arana cuando fue presidente, no comprendí la de Ríos Mont, pero si la de Lucas, en fín, desde que fuimos instituteros y enfrentamos el gobierno de Idígoras Fuentes y nos cortaron el pelo a la rapa entendíamos las consecuencias de nuestros actos. Contribuí al derrocamiento de Lucas García. Me tocó estar en la radio nacional TGW, aquel 23 de marzo del 82. Celebré con júbilo su caída y el poder respirar aquella noche el ambiente de paz, fiesta y tranquilidad con el que la población celebró aquel histórico acontecimiento. Mi recompensa, además de la vivencia de aquel inefable hito histórico, un largo año y medio de persecución del nuevo gobierno del General Ríos, que no se identificó, posiblemente, en aquel momento, con la idea de retornar a la institucionalidad en un plazo de noventa días, planteado por los civiles. No obstante la situación de mis padres durante el período liberacionista, por la militancia política de mi papá y el parentesco de mi madre con el doctor Juan José Arévalo que fue muy dura para toda la familia, con el tiempo, después de profundos desencuentros durante el gobierno de Méndez Montenegro y el Partido Revolucionario del que era secretario general de la juventud, tuve entre mis amigos más apreciados, sentimiento que sentí en extremo recíproco, al licenciado Mario Sandoval Alarcón, quién me honró hasta su muerte con su amistad, y en la idea de la creación de un gran frente multipartidario, en busca de la concordia nacional me pidió que fuera el candidato presidencial de su partido. Hace pocos días en la inauguración de la nueva sede del PAN compartí la mesa con el General Ríos Mont y con uno de mis adversarios de campaña presidencial. Alfonso Portillo, yo como candidato de UCN, sin ningún tipo de rencor, sin provocar pícaramente mi memoria. Antes de su muerte pude cruzar interesantes conversaciones con Arana Osorio, con quien bromeamos de mi secuestro y prisión. “era para protegerlo” me decía con humor negro “lo querían matar y echarme la culpa, tenerlo preso era la única forma de evitarlo”. Pude haber odiado, en nombre de la persecución y de mis muertos, lucrar con su memoria, explotando económicamente la mía. Pude hacerlo y mantener viva la llaga. Pero no creo en la venganza, esa mima que tiene destruida a Guatemala, envileciendo nuestra historia, destruyendo héroes. Ocupando sin mayores riesgos, cómodas y rentables posiciones, a un grupo creciente de “inquisidores impolutos”, parados sobre mausoleos ajenos. Seguí el consejo de mi padre, tuve mis propios enemigos, he lidiado con ellos, ya no los considero como tales, aunque siempre pensé que si se consideraban mis enemigos más que adversarios, yo tendría la culpa y la responsabilidad de enfrentarlos. Eso sí ¡no se los heredaré a mis hijos jamás! Estos amigos y amigas, tan de moda y publicitada actividad: los heredaron, no solo los propios, sino los ajenos. Y los que no tenían, ¡se los inventaron! ¡Estamos tanto en el pasado, que el futuro se nos está yendo de las manos!
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Guatemala, octubre 2009







