| SEDICIOSOS SIN EL VALOR DE SER SEDICIOSOS |
| DANILO ROCA OPINA |
Guatemala, Marzo 2010Danilo Roca En mis años mozos, cuando la confrontación era parte de la vida cotidiana. Me refiero a esa confrontación ideologizada e idiologizante. La primera, porque la mayoría de los guatemaltecos sabía que tomar partido significaba apoyar sin reserva ni apego a la vida a la facción escogida. Y la segunda, porque la dinámica del enfrentamiento tenía un magnetismo intenso que obligaba a buscar la información y formación que agregara el sentido de la militancia al de la adhesión incondicional. Quien no era arrastrado por esas pasiones, por lo regular pertenecía a esos segmentos de población acomodada, apoyada por la solvencia económica de su clase, sin que esto significara necesariamente que fueran lo suficientemente ricos para formar parte de la élite dominante, más bien con la tranquilidad suficiente, para evitar involucrarse en tensiones sociales gestadas generalmente en los sectores populares: urbanos, obreros, estudiantiles, intelectuales y campesinos. También existían grupos muy conservadores en aquellos estamentos de clase media baja, que teniendo un pequeño negocio de subsistencia se abandonaban a la idea de ser ricos y se sentían satisfechos con constituir grupos de choque de los partidos conservadores. Era principalmente en los mercados cantonales, donde este tipo de dirigencia sentaba sus reales. Enfrentar al gobierno de turno, no digamos insultar al presidente, no era, como ahora, el deporte nacional por excelencia, salvo que lo hiciera en la seguridad de la casa o en el clandestinaje de la conspiración Entrañaba, ser conspirador, no necesariamente las acciones para derrocar al gobierno, bastaba la plática o la crítica política que era fácilmente encarrilada a la penalización encuadrada en el delito de Sedición. Una certificación extendida por la auditoría de guerra en marzo de mil novecientos cincuenta cinco, a solicitud de don Alfonso de la Vega, un destacado vecino de Barberena hace constar, en un expediente desclasificado, que accidentalmente cayó en mis manos esta semana, que se le siguió proceso por formar parte de un grupo, que según la versión del gobierno, pretendía asesinar al Presidente de la República y que de acuerdo a su texto, encabezaba el licenciado Raúl Roca Aguirre, por cierto mi padre, y el objetivo presunto de la terrible conspiración: La muerte violenta del Coronel Carlos Castillo Armas. ¡Ni que decirles lo de cárcel y torturas que aquello provocó! ¡Ah tiempos aquellos! Una reunión de intelectuales o de guatemaltecos preocupados por la situación de su país, se transformaba fácilmente en una Sedición para asesinar al presidente. Cuántos sediciosos podríamos contar todos los días en esta nuestra democracia contemporánea, en donde en lugar de represión, la típica sedición se premia con la gloria de la figuración pública y publicitada como premio a una competencia patrocinada por los eternos enemigos de la política y los políticos, con el suficiente soporte mediático y que parte de tratar de demostrar, cuando menos, que el presidente y sus colaboradores son ladrones, y si la coyuntura lo permite, el arrebato de convertirlos, de ser posible, en asesinos. Sediciosos sin el valor de ser sediciosos, ¡desestabilizadores de la precaria institucionalidad que a duras penas ha forjado Guatemala a partir del 23 de marzo del año 82, cuando una rebelión político-militar terminó con la dictadura constitucional luquista, dando origen a una precaria apertura democrática que a duras penas perdura hasta la fecha! Para botar gobiernos no es suficiente ser gritón, ni probar que el nuevo Presidente de la Corte Suprema de Justicia hizo un viaje innecesario, dejando entrever grosera y perversamente, que su acompañante era algo más que una asesora. Para botar gobiernos no es suficiente descalificar hasta el extremo al Congreso de la República, transformando al que institucionalmente representa la más alta representación de la soberanía popular, en algo poquísimo menos peligroso que una clica de la mara 18. Para botar gobiernos no es suficiente repetir elecciones ya realizadas por la entidad constitucionalmente designada para hacerlas, dejando por los suelos decisiones colegiadas para señalar la incompetencia de los electores. Tampoco lo es apropiarse de una verdad oportunista que está destruyendo al país para gloria de quienes finalmente como en la Revolución Francesa serán quemados por falsos profetas. Para botar gobiernos se necesita valor, decisión, pero fundamentalmente la disposición de perder la vida en el empeño, no la de quedarse afónicos, escandalizando a un pueblo que ya no sabe en quién creer. Eso de ser sedicioso no es una payasada, se necesitan muchos ovarios y mucha testosterona en las glándulas apropiadas, materia prima que parece escasear tanto en los sediciosos de mentiras, como en quienes tienen la obligación de hacer respetar las instituciones. ¡CUÁNTOS QUISIERAMOS PONERLOS EN SU JUSTO LUGAR!... !YO, POR LO MENOS!
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Guatemala, Marzo 2010







