Inicio Leyendas Nueva Era LA NIÑA QUE SE COSIÓ LA BOCA Martes, 07 Febrero 2012
PUBLICACIÓN MENSUAL
LA NIÑA QUE SE COSIÓ LA BOCA
Leyendas de la Nueva Era

Por Guayo Méndez

La historia de este personaje tiene su origen en las aldeas y caseríos más ignorados del país, en las comunidades que enfrentan diariamente el desafío del hambre y la enfermedad, y cuyas ilusiones de progreso y bienestar han sido sumidas bajo décadas de abuso, explotación y olvido por parte de los gobiernos de turno y de los poderes ocultos que les controlan.

Ella era la menor de 9 hijos en una familia de campesinos. Su madre se dedicaba a mantener vivos a sus hermanos pequeños, y su padre junto a sus hermanos mayores (de 12 en adelante) trabajaban para una compañía algodonera que les pagaba, en conjunto, lo suficiente para apenas alimentar pobremente a una familia de 3.

Su padre, cautivo por la ignorancia y el resentimiento, no pudo hacerle frente a la frustración y depresión que le causaba el ver a su familia constantemente luchando contra el hambre, y en repentinos arranques de pánico y ansiedad, tomaba el dinero de la quincena para pagar las cuentas de la cantina, aquella puerta cobarde que le permitía olvidar por un rato los rostros hambrientos de su mujer e hijos que tristes le miraban a los ojos buscando una señal de esperanza.

La pequeña, bautizada por sus padres bajo el nombre de Lucía, nunca tuvo la posibilidad de huirle a la realidad, y fue testigo involuntario de escenas trágicas de llanto, dolor y hambre, mucha hambre.

Ella, diminuta criatura, de manera incomprensible para el resto de la familia se negó a mamar, se negó a beber, se negó a comer de lo poco que había. Su madre y sus hermanos luchaban constantemente por alimentarla, abriéndole por la fuerza la boca y forzándola a tragar. Para ellos era inconcebible que la nena no quisiera comer, y pensaron en algún momento que se trataba de un mal del demonio.

Pasaron los años, los tratamientos con hierbas, las limpias con ramas, las fregadas con agua bendita, y muchas otras cosas, y la “Lucha”, como le apodaban, continuaba negándose a comer. Aquella niña desnutrida que la aldea pensaba moriría pronto de hambre; pudo sobrevivir con los escasos  alimentos que su madre con amor y mucho sacrificio pudo brindarle, llegó a ser mujer.
 
A pesar de tener una constitución extremadamente raquítica y una apariencia famélica, su organismo desarrolló la capacidad de adaptarse y sobrevivir con poquísimas cantidades de nutrientes. Trabajaba en los quehaceres mínimos de la casa pues era débil y dormía la mayor parte del tiempo.

Una tarde, su madre cayó muerta por una infección que no pudo tratar, y Lucha salió a buscar a su padre a las cantinas. La tristeza y el desconsuelo le inundaron cuando encontró a su padre muerto tendido en el suelo sucio de la cantina “La Llorona”. Lentamente se arrodilló junto a él, y lloró por horas sobre la camisa de su padre empapada en vómito hasta quedarse dormida por el debilitamiento corporal y emocional.

Al día siguiente, Lucha despertó en el lugar vacío, contempló unos segundos el cadáver de su padre, y luego arrancó su camisa y rompió la botella que aún tenía su mano. Recogió un pequeño pedazo de vidrio y abrió varias heridas al rededor de sus labios, juró que nunca más probaría comida alguna en memoria de su madre, y con los hilos que desprendió de la camisa de su padre, coció su boca y la cerró para siempre.

 A los pocos días Lucha murió, pero hasta el día de hoy se escuchan relatos de adolescentes bulímicas y anoréxicas de familias adineradas que juran haber visto el rostro de una joven con la boca suturada y sangrante, la ven en los espejos de los baños o en el fondo de los inodoros en donde arrojan la comida. Algunos aseguran que los desordenes alimenticios de este tipos son la venganza de Lucha… la niña hambrienta.

 

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