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Guatemala Mayo 2009 El pueblo busca un lugar en donde sí se pueda vivir. Por: Chanok
Hace algunas semanas tuve la oportunidad de charlar largo y tendido, mientras compartíamos un almuerzo, con Pablo*, un hombre muy trabajador cuya principal fuente de ingresos es realizar fletes en las colonias que integran la zona 18. Como fruto de su particular oficio, el fletero revela una aterradora realidad que las autoridades prefieren ignorar.
Cuando le pregunté a Pablo acerca del efecto que la crisis económica tenía en su negocio, después de unos segundos de silencio, me contestó cabizbajo con un tono que denotaba más pena que alegría: “la verdad amigo es que mi negocio va en aumento, pero lo triste es que la mayoría de mis clientes son
familias que me piden de emergencia que llegue a cargar a su casa porque tienen que salir huyendo. La gente se va porque las maras han asesinado a alguien de su familia o porque los han amenazado de muerte si no pagan la extorsión. Algunos no quieren pagar y otros no pueden, y prefieren abandonar sus hogares y negocios para buscar un lugar en el que sí se pueda vivir”.
Con un semblante que expresaba el dolor compartido con sus clientes, continúa relatando: “El problema no es sólo en la zona 18, lo mismo está pasando en Mixco, Villa Nueva, y otros lados. Las maras tienen copadas las colonias y tienen vigilantes por todos lados que controlan quienes entran y salen de su territorio. Asaltan a quien se les venga en gana y aunque no se oponga, si se les antoja, lo matan. Violan mujeres y niñas, no respetan nada. Y cuando ven venir a la policía se esconden y vuelven a salir después, eso si se animan a llegar, ya que la gente sabe que no puede denunciarlos con la policía porque después los matan”.
La dolorosa experiencia que sufren los vecinos de los barrios populares de la ciudad es un infierno en crecimiento. Pablo continúa: “Los pequeños asomos de prosperidad en estos barrios son cortados de tajo. Si tienes una casa de 1 nivel te piden Q10 mil, si construyes un 2do nivel te piden otros Q10 mil y así para arriba. Yo tenía un amigo que con mucho trabajo y sudor logró montar su negocio de impresión. Cuando el negocio empezó a despegar le pidieron cantidades exageradas que lo llevaron a la quiebra en pocos meses. No contentos con eso, aún después de cerrar le seguían pidiendo plata hasta que tuvo que huir para salvar su vida. Esa mierda está pasando en muchos lados, yo incluso he mudado a una familia más de dos veces, de un barrio a otro, por la misma razón.”
“He vivido momentos muy duros junto a las familias, hasta el punto que me han dicho: “vámonos así, nada más con lo que ya cargamos en el picop porque ya vienen”, y efectivamente, he visto como llegan los mareros, uno en cada esquina, a controlarlo a uno y a amenazarlo”.
Después de escuchar su relato, que es mucho más extenso y espeluznante de lo que puedo plasmar en este espacio, sólo me queda una última pregunta, “¿Y el Ejército no está patrullando en esas zonas de peligro?”, Pablo me contesta con una sonrisa: “Sí, pero cuando hay enfrentamientos, mientras los mareros les disparan desde carros en movimiento, los soldados los persiguen corriendo un par de cuadras a pie”.
* Pablo es un nombre ficticio por razones obvias.
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