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José Eduardo Zarco
De nuevo el clamor (no sé si popular o de ciertas élites) es que se depure el Congreso de la República, organismo estatal que según muchos se ha convertido en un sitio contaminado por parásitos que están provocando un insoportable ardor en las partes privadas de la Nación.
Y seguramente tienen razón quienes creen que el Legislativo es una casa de putas, por lo que la propuesta de depurarlo debe ser considerada como válida, aunque no creo yo que con volver a hacer una “limpia “ en el Palacio de la Novena Avenida se vaya a resolver el problema de gobernabilidad que afecta a nuestro país un poco más agudamente poco después que Álvaro Colom tomó posesión de la Presidencia.
Y ojo con el subrayado, pues quien asegure que Guatemala no ha sido gobernable sólo por algunos períodos durante regímenes específicos, está equivocado ya que nuestro país no ha sido gobernable nunca, y si en algunas épocas hemos notado interesantes avances en diversos rubros no es porque haya habido armonía entre todos los grupos con representatividad en la nación sino porque algunos de estos se han puesto de acuerdo para ejercer su fuerza sobre los demás, obteniendo entonces resultados menos dañinos que los que podríamos estar notando en este momento.
Por ejemplo, en la época del Gobierno de Oscar Berger, uno de los más lamentables, si no el más lamentable, se pusieron de acuerdo los sectores económicos miembros de la llamada “súper cúpula” con los tres organismos del Estado y aplastaron a todos los demás, haciendo negocios en todas partes, lucrando no sólo con los grandes contratos estatales sino con la miseria del pueblo. Algo parecido pero a menor escala ocurrió durante el Gobierno de Álvaro Arzú, con la muy importante diferencia que el rubio presidente no le dio de mamar a los jeques.
A lo que quiero llegar en esta ocasión es a hacer notar que con depurar al Congreso no se va a lograr más que quizá llegar al punto en el que estábamos durante el gobierno de Berger, es decir introducir en el Parlamento a más cholerines del sector súper-ultra-millonario del país y entonces volver a una “gobernabilidad” engañosa en la que los poderosos seguirán haciendo los negocios que ahora no pueden hacer y volver a poner en la mesa del Edificio Empresarial la agenda de la Nación, a donde Colom tendrá que comunicarse seguido para decidir la suerte de los guatemaltecos.
La ingobernabilidad de la que se habla ahora no tiene su origen ni en la perversidad ni la estupidez de los diputados, la tiene en la ambición de un grupito de multi billonarios que quieren continuar con el control absoluto de la finca Guatemala, y que para lograr su cometido han recurrido a una estrategia de desprestigio contra los “padres de la patria” y contra el tibio gobierno de la UNE que por débil no logra poner las cosas en su lugar. La depuración debería ir más en esa línea, es decir en la limpieza de fuerzas económicas influyentes sobre nuestros gobernantes. Quizá así sí obtengamos resultados reales. Por supuesto que para eso se requiere integridad, altura, dignidad, austeridad, mano segura, amor por Guatemala y determinación, de parte de quien recibió el voto de la mayoría en las últimas elecciones. Echar a los diputados podría quitar el ardor, pero sacar de la mesa de decisiones a quienes se creen dueños del país porque dan empleo a un 15 por ciento de la población podría eliminar la sífilis. Es hora de depurar los ambientes que corrompen más que los que se dejan corromper.
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